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Por qué debemos comer menos azúcar

Desde que éramos pequeños, el azúcar ha formado parte intrínseca de nuestras vidas. Crecimos con ella, y la disfrutábamos: cuanta más mejor. Cuantas más golosinas, dulces y pastelitos podíamos comer, más felices éramos. 

Sin embargo, eso que cuando se es pequeño se puede “resistir” (hasta cierto punto), ya más mayores, supone serios riesgos para nuestra salud. 

De hecho, es casi uno los principales responsables de una gran mayoría de problemas de salud actuales: Puede alterar el equilibrio mineral del cuerpo, puede acelerar el proceso de envejecimiento, con la consiguiente aparición prematura de canas y arrugas. También puede inhibir el sistema inmunitario, y causar problemas renales. Asimismo, contribuye directamente a la aparición de la diabetes y la osteoporosis, etc.

Por eso, y no solamente por la salud maltrecha que nos deja el consumo habitual e intenso de azúcar, os vamos a dar algunas razones más que apoyarán nuestro aserto de abandonar radicalmente el azúcar.


El azúcar promueve un ambiente ácido en nuestro organismo, y hay muchos estudios que demuestran que esta condición ácida propicia el desarrollo de enfermedades. Como el cáncer, que a menudo, se debe a fallas ocasionadas en nuestro sistema inmunológico. 

Sin llegar a estos extremos, la inhibición de nuestro sistema inmune por el azúcar también es la responsable de la frecuencia de enfermedades y gripes.

Uno de los problemas más difíciles de combatir del azúcar es su capacidad adictiva: está comprobado que es ocho veces más adictiva que la cocaína, así que por mucho que consumamos, más querremos: nunca nos sentiremos satisfechos. 

Es por esta razón (solamente ella bastaría) por lo que aconsejamos vivamente abandonarla cuanto antes.

Algo que puede parecer exagerado, encuentra un fundamento científico en la alteración hormonal que produce el azúcar en exceso, y el fomento de los radicales libres, todo lo cual da lugar a un aceleramiento de las destrucciones del ADN, con la consiguiente enfermedad y envejecimiento. 

Es uno de los peores enemigos de las dietas: proporciona gran cantidad de “calorías vacías”, es decir, realmente no son útiles, el cuerpo no las necesita, y las almacena en forma de grasa. 

Evitemos los azúcares refinados sobre todo si es que queremos perder peso. Y si es que queremos aumentar de peso, tampoco consumamos demasiada, o nuestros dientes lo acusarán.

Esta aparente paradoja es un hecho que todos podemos observar (o hemos observado) cuando, por ejemplo, al desayunar, incluimos en él muchos alimentos ricos en azúcar: poco después de haber terminado esta comida, volvemos a sentirnos hambrientos. 

Y esto es porque el cuerpo usa rápidamente esa energía, y la que no necesita en ese momento la transforma en grasa, pues es la ruta metabólica que realiza habitualmente cuando comemos azúcar de ordinario.

Y las nuevas necesidades energéticas demandan más azúcar. Un círculo vicioso que nos mantiene enganchados al azúcar.

El azúcar produce cambios metabólicos rápidos, ya que cuando se consume, aumentan rápidamente sus niveles en sangre, pero también se metaboliza rápidamente, con lo que somete a nuestro metabolismo a cambios demasiado bruscos. 

Esto no sólo afecta a nuestra salud en general, y a nuestro metabolismo, sino también a nuestros estados de ánimo.

Cuando sufrimos inexplicables cambios de estados de ánimo durante el día, hemos de tratar de restringir el consumo de azúcar.

Con todas las cosas que tenemos que hacer a lo largo del día, sentirnos mentalmente aturdidos o confundidos, como si una niebla nos cubriera el cerebro impidiéndonos concentrarnos y realizar con eficacia la multitud de tareas cotidianas, es algo que no nos podemos permitir. Y eso es algo que el consumo de azúcar puede hacer a nuestro cerebro. 

Así que cuando sintamos eso, abandonemos el azúcar, no consumamos más pensando que es lo que nos hace falta. No es así.

 

Por lo tanto, como hemos podido ver, hay suficientes razones, físicas, psíquicas y estéticas, como para abandonar el consumo excesivo de azúcar, o en todo caso, reducirla drásticamente. 

Realmente no necesitamos tanta como consumimos, y nuestro cuerpo y nuestra mente nos lo agradecerán.

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